Chile figura entre los países con mayor actividad sísmica del mundo. Por ello, cada temblor de mediana o gran intensidad suele reactivar una preocupación que va más allá de los movimientos de la tierra: el miedo a que ocurra un gran terremoto.
La sensación de que suceda algo se ha acrecentado con noticias como los terremotos de Venezuela o predicciones que circulan en redes sociales que, incluso, llaman a tener un bolso de emergencia.
Aunque sentir inquietud ante este tipo de eventos es completamente normal, especialistas advierten que existe una diferencia importante entre prepararse para enfrentar una emergencia y vivir permanentemente angustiado por una amenaza que aún no se ha producido.
La académica de Psicología de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, Miriam Pardo, explica que el miedo cumple una función esencial para la supervivencia humana. “Sentir miedo ante la posibilidad de un terremoto es esperable, especialmente en un país sísmico como Chile. Esta emoción nos ayuda a anticipar riesgos y a tomar medidas de autocuidado que pueden ser fundamentales durante una emergencia”, señala.
Sin embargo, la psicóloga aclara que esa reacción natural no debe confundirse con un estado permanente de preocupación. “No es lo mismo experimentar miedo cuando ocurre un movimiento telúrico que vivir pensando constantemente que un terremoto está por suceder. Lo recomendable es prepararse, conocer los protocolos y las zonas de seguridad, pero continuar desarrollando la vida cotidiana con normalidad”, agrega.
Cuando la alerta deja de ser saludable
Mantenerse informado y preparado es una conducta saludable. El problema aparece cuando la preocupación se transforma en vigilancia constante y comienza a afectar la calidad de vida.
Según Miriam Pardo, cuando una persona permanece en estado de alerta permanente, el miedo pierde su carácter adaptativo. “Si la preocupación se vuelve constante y comienza a generar angustia o ansiedad desmedida, deja de ayudarnos a enfrentar una situación de riesgo. Al contrario, comienza a interferir en nuestra capacidad de organizarnos, tomar decisiones y desarrollar nuestras actividades diarias”, afirma.
En estos casos, la ansiedad puede manifestarse de distintas formas. Algunas personas evitan quedarse solas, sienten temor de utilizar ascensores, limitan sus desplazamientos o revisan compulsivamente aplicaciones y redes sociales en busca de información sobre movimientos sísmicos.
“Muchas veces se busca una certeza que simplemente no existe. No es posible predecir cuándo ocurrirá un terremoto, por lo que mantenerse revisando información de manera permanente solo aumenta la sensación de inseguridad”, explica la académica.
Señales de exceso
Después de un sismo fuerte es habitual permanecer alerta durante algunas horas. Esa reacción forma parte de los mecanismos normales de adaptación. Sin embargo, cuando la inquietud persiste durante días o semanas y comienza a alterar significativamente la rutina, puede transformarse en un problema que requiere atención. “La clave está en observar la intensidad, la frecuencia y el nivel de interferencia que produce el miedo. Si la preocupación es tan intensa que limita la vida cotidiana o impide realizar actividades habituales, estamos frente a una señal de alerta”, comenta Pardo.
La académica de la UNAB indica que algunas personas son particularmente vulnerables a desarrollar este tipo de respuestas emocionales, especialmente aquellas que han vivido experiencias traumáticas asociadas a terremotos anteriores. “Quienes experimentaron pérdidas significativas o situaciones de alto impacto emocional durante un terremoto pueden revivir parte de esa experiencia frente a nuevos movimientos sísmicos. Es una respuesta vinculada a memorias traumáticas que permanecen activas y que, en determinados contextos, vuelven a manifestarse”, explica.
Prepararse sí, obsesionarse no
Una de las principales recomendaciones de los especialistas consiste en diferenciar las medidas de prevención efectivas de aquellas conductas motivadas por la ansiedad anticipatoria.
Entre las acciones recomendadas se encuentran disponer de un kit de emergencia, conocer las zonas de seguridad del hogar y lugar de trabajo, identificar rutas de evacuación y establecer acuerdos familiares sobre cómo actuar ante una emergencia. “Todas esas medidas son conductas de autocuidado. Nos permiten sentirnos preparados y actuar de manera más eficiente si llegara a ocurrir un evento sísmico importante”, sostiene la académica.
Por el contrario, imaginar constantemente escenarios catastróficos o consumir información alarmista de manera compulsiva puede aumentar los niveles de estrés y preocupación. “La anticipación ansiosa lleva a las personas a pensar una y otra vez en situaciones extremas que todavía no han ocurrido. Esa conducta genera desgaste emocional y muchas veces produce una falsa sensación de control”, advierte.
¿Y qué pasa con el riesgo de la sobreinformación? Las redes sociales se han transformado en una fuente permanente de información sobre fenómenos naturales. Sin embargo, también pueden convertirse en un espacio donde circulan rumores, especulaciones y contenidos sin respaldo científico. Por ello, Miriam Pardo recomienda privilegiar fuentes oficiales y limitar la exposición a mensajes alarmistas. “Para las personas que presentan ansiedad anticipatoria es muy importante evitar la sobreinformación. Revisar constantemente noticias, videos o publicaciones sobre posibles terremotos puede mantener activo el estado de alerta durante largos períodos”, señala.
La psicóloga agrega que el apoyo del entorno familiar resulta fundamental. “Es recomendable conversar sobre estos temores con un lenguaje tranquilizador, validar el miedo sin minimizarlo y evitar reforzar discursos catastrofistas. Compartir las emociones ayuda a disminuir la carga emocional que producen estas preocupaciones”.
Claves para enfrentar el miedo a los terremotos
- Mantenga un plan familiar de emergencia y revise periódicamente las medidas de seguridad.
- Prepare un kit de emergencia con agua, alimentos no perecibles, medicamentos y elementos básicos.
- Infórmese a través de fuentes oficiales y evite difundir rumores o contenidos sin respaldo científico.
- Limite la exposición a noticias alarmistas si nota que aumentan sus niveles de ansiedad.
- Converse sus temores con familiares o amigos y busque apoyo profesional si el miedo afecta significativamente su vida diaria.
“Desde el punto de vista psicológico, lo más saludable es prepararse una vez y luego continuar viviendo con tranquilidad. Cuando conocemos qué hacer y contamos con los recursos necesarios para enfrentar una emergencia, nos transformamos en protagonistas de nuestro autocuidado. Vivir con miedo, en cambio, puede paralizarnos e impedir que actuemos adecuadamente cuando realmente sea necesario”, concluye Miriam Pardo.



