Por: Vera Voitova y Jesús Juyumaya – Facultad de Economía y Negocios UNAB.
El alza de la bencina dejó de ser una noticia más: la International Energy Agency advierte que la
volatilidad del petróleo no será un episodio pasajero, sino una nueva normalidad que podría extenderse por
años, alimentada por conflictos geopolíticos crecientes y una transición energética aún desordenada. Lo
que está en juego no es un ciclo más de alzas y bajas, sino un quiebre en las reglas del sistema energético
global. No estamos frente a una coyuntura, sino ante un cambio estructural que instala costos
permanentemente más altos y una incertidumbre que deja de ser excepción para convertirse en regla.
La pregunta es inevitable: ¿estamos preparados para vivir en un mundo donde la energía deja de ser estable
y predecible, y pasa a ser una fuente permanente de riesgo económico?
En la práctica, Chile se encuentra en un “pasillo energético” entre grandes potencias y dinámicas globales
que no controla. El precio de los combustibles se determina, en lo esencial, fuera del país, quedando
expuesto a decisiones y conflictos externos que se transmiten a la economía local. En ese marco, el alza
deja de ser coyuntural y evidencia una vulnerabilidad estructural.
El desafío es avanzar en transformaciones de fondo en la matriz energética. Reducir la dependencia del
petróleo permitiría amortiguar shocks externos y acelerar la transición hacia fuentes más limpias.
Entre las alternativas, el hidrógeno verde surge como una apuesta relevante. Apoyado en el potencial solar
y eólico, el país busca posicionarse en esta industria, especialmente en sectores como minería, transporte
pesado e industria. Sin embargo, persisten brechas significativas: altos costos y requerimientos de
inversión en infraestructura, tecnología y logística. En consecuencia, su desarrollo aún depende de avances
que permitan escalarlo en condiciones competitivas.
La electromovilidad constituye otra pieza clave, aunque su avance sigue siendo incipiente. En 2024 se
vendieron cerca de 4.500 vehículos eléctricos, menos del 2% del total. La adopción enfrenta barreras
conocidas: percepción de menor confiabilidad relativa, costos iniciales elevados, infraestructura de carga
concentrada en grandes ciudades como Santiago, y menor disponibilidad de modelos y servicios técnicos.
El resultado es un proceso de transición que avanza, pero a una velocidad insuficiente, manteniendo una
alta dependencia de combustibles fósiles en el transporte.
Frente a este escenario, se delinean algunas prioridades: fortalecer el transporte público, profundizar la
eficiencia energética, impulsar biocombustibles y desarrollar nuevas soluciones de movilidad. Al mismo
tiempo, el despliegue de nuevas industrias energéticas exigirá marcos que incentiven la innovación y
atraigan inversión tecnológica.
La pregunta de fondo ya no es cuánto subirá la bencina la próxima semana, sino cuánto más está dispuesto
a pagar el país por seguir postergando decisiones estructurales: ¿qué costo económico y estratégico implica
mantener esta inercia en materia energética?
Porque, en rigor, ya no se trata solo de precios, sino de posición estratégica. ¿Queremos seguir atrapados
en este “pasillo energético”, expuestos a fuerzas que no controlamos, o dar el paso hacia una mayor
autonomía en un mundo donde la energía se ha consolidado como un eje central de poder económico y
geopolítico?
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