¿Por qué los chilenos prefieren tener mascotas en vez de hijos? Psicóloga explica el cambio silencioso que redefine a las familias chilenas.

Mientras la tasa de fecundidad cayó a mínimos históricos, los hogares del país registran un promedio de 2,4 mascotas. Especialistas advierten que no se trata de reemplazar hijos, sino de una profunda transformación en los vínculos afectivos y los proyectos de vida.

Chile atraviesa una transformación demográfica y cultural que está modificando la composición de los hogares. Mientras la tasa de fecundidad disminuyó desde 1,5 hijos por mujer a apenas 0,99 en los últimos seis años, el promedio de mascotas por hogar ya alcanza las 2,4. El fenómeno refleja una tendencia cada vez más visible: perros y gatos han pasado de ocupar un lugar secundario a convertirse en integrantes fundamentales de la vida familiar.

Lejos de representar una simple preferencia por los animales, el aumento en la tenencia de mascotas revela cambios profundos en la manera en que las personas construyen sus vínculos, proyectan sus afectos y planifican su futuro. Para muchos chilenos, especialmente jóvenes adultos, la maternidad y la paternidad dejaron de ser una etapa obligatoria de la vida y pasaron a convertirse en una decisión que depende de factores económicos, laborales y personales.

Según explica la Dra. Miriam Pardo, académica de Psicología de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, “las mascotas ya no ocupan un lugar periférico en la vida familiar. Lo que observamos es una transformación cultural relevante, donde las personas construyen nuevas formas de acompañarse, cuidarse y expresar afecto”.

La psicóloga agrega que existen múltiples factores detrás de este fenómeno. “Hoy vemos más personas viviendo solas, familias en espacios habitacionales más reducidos y una postergación de la maternidad y la paternidad asociada tanto a razones económicas como a proyectos personales. Muchas parejas optan por privilegiar su desarrollo profesional o determinadas metas de vida antes que asumir la crianza de un hijo”.

Necesidad humana de vincularse

Desde el punto de vista psicológico, el vínculo con las mascotas responde a una necesidad profundamente humana: la de establecer apegos significativos. “Los seres humanos buscamos vincularnos y las mascotas generan relaciones afectivas importantes que brindan satisfacción emocional. Lo que está en juego son experiencias de compañía, protección y reciprocidad emocional”, señala Pardo.

La académica explica que quienes conviven con animales organizan gran parte de sus rutinas en función de ellos. “Las personas se preocupan de su bienestar, celebran cuando están sanos, experimentan alegría con su compañía y también sufren cuando se enferman o deben dejarlos solos por largos periodos. Todo ello demuestra que existe un lazo emocional real y significativo”.

Incluso, el impacto emocional puede extenderse hasta momentos particularmente dolorosos. “Cuando una mascota fallece, muchas veces se produce un duelo intenso y prolongado. Eso ocurre porque los seres humanos proyectamos afectos, experiencias y parte importante de nuestra vida emocional en estos vínculos”, afirma.

¿Reemplazo de hijos?

Aunque el fenómeno puede parecer una sustitución, la experta descarta una equivalencia directa entre ambos roles. “Las mascotas satisfacen necesidades relacionadas con la compañía, el apego y el sentido de pertenencia. Sin embargo, no es correcto equipararlas a un hijo”, sostiene.

Pardo explica que muchas personas describen a sus animales como miembros de la familia porque reconocen en ellos una fuente permanente de afecto. “Los dueños suelen decir que su mascota entiende cuándo están tristes, que los espera al llegar a casa o que es un compañero incondicional. Sin embargo, existe claridad respecto de que no se trata de la misma relación que se establece con un hijo”.

La diferencia, agrega, radica en la complejidad que implica la crianza humana. “Tener un hijo involucra relaciones intersubjetivas altamente complejas. Supone responsabilidades afectivas, educativas, sociales y económicas que se extienden durante años. La relación con una mascota también implica cuidado y responsabilidad, pero se desarrolla desde una lógica diferente”, dice.

Por ello, la académica de la UNAB propone interpretar el fenómeno desde otra perspectiva. «No estamos frente a una sustitución de los hijos por mascotas. Lo que observamos es una diversificación de los vínculos afectivos, coherente con las distintas configuraciones familiares que existen actualmente».

Beneficios para la salud mental

La creciente presencia de mascotas también está asociada a efectos positivos sobre el bienestar psicológico. “La convivencia con animales proporciona compañía, fomenta rutinas, incentiva la actividad física y genera experiencias de contacto afectivo que ayudan a disminuir la percepción de soledad”, explica la Dra. Pardo.

La psicóloga destaca que las mascotas pueden transformarse en un factor protector frente al estrés cotidiano. “Después de una jornada difícil, llegar a casa y ser recibido por un animal de compañía puede convertirse en una experiencia emocionalmente significativa. Son pequeños momentos que contribuyen al bienestar y la regulación emocional”, sostiene.

Asimismo, señala que el contacto físico con perros y gatos favorece sensaciones de seguridad y calidez afectiva. “El apego que se desarrolla con ellos puede ayudar a enfrentar situaciones de incertidumbre o vulnerabilidad emocional”, detalla. No obstante, advierte que estos beneficios tienen límites.

Riesgos

Aunque querer a una mascota es saludable, existen situaciones en que el vínculo puede tornarse problemático. “Los riesgos aparecen cuando desconocemos que se trata de otra especie y comenzamos a atribuirle necesidades o comportamientos estrictamente humanos”, explica.

Para la académica, uno de los errores más frecuentes consiste en proyectar expectativas emocionales excesivas sobre los animales. «Un perro necesita explorar, olfatear, jugar, ejercitarse y relacionarse de acuerdo con su propia naturaleza. Tratarlo como si fuera un niño responde más a las necesidades emocionales del dueño que a las del animal».

Otro aspecto preocupante es cuando la relación con la mascota pasa a reemplazar completamente los vínculos humanos. “Amar profundamente a una mascota no constituye un problema. El problema surge cuando una persona se aísla de familiares, amigos o espacios sociales porque prefiere relacionarse exclusivamente con su animal de compañía», advierte la Dra. Pardo.

En esos casos, señala la experta, puede producirse un empobrecimiento de la vida relacional: “Las mascotas ofrecen afecto y compañía, pero no pueden convertirse en la única fuente de apoyo emocional, porque los seres humanos necesitamos también del encuentro y el diálogo con otras personas».

El reflejo de una sociedad que cambia

Para la académica UNAB, el hecho de que hoy existan más mascotas que hijos en muchos hogares es un reflejo de las transformaciones que atraviesa el país. “Vivimos en una sociedad marcada por cambios económicos, laborales y culturales que han influido directamente en la decisión de tener hijos», señala.

La académica UNAB sostiene que muchas personas perciben la crianza como un desafío cada vez más exigente debido al costo de la vivienda, la educación, la estabilidad laboral y la disponibilidad de tiempo.

«Hoy la maternidad y la paternidad ya no son consideradas un mandato inevitable de la vida adulta. Son decisiones que requieren una evaluación cuidadosa sobre las condiciones en las que se desarrollará una futura familia», afirma.

En ese contexto, las mascotas se integran con facilidad a proyectos de vida más flexibles. «Entregan compañía, afecto y sentido de pertenencia de manera inmediata, adaptándose a estilos de vida que enfrentan altos niveles de incertidumbre».

Para la Dra. Pardo, la pregunta de fondo va más allá del cariño hacia los animales. «Como sociedad deberíamos preguntarnos cuáles son las condiciones que están llevando a tantas personas a postergar o incluso descartar la maternidad y la paternidad. El aumento de las mascotas no es la causa del fenómeno, sino uno de los reflejos más visibles de los cambios que estamos viviendo», concluye.