Experta advierte que los criterios diagnósticos construidos históricamente sobre patrones masculinos han contribuido a invisibilizar el déficit atencional en mujeres. El resultado: miles de niñas y adolescentes crecen sin respuestas, acumulando dificultades emocionales y recibiendo un diagnóstico recién en la adultez.
Durante años, la imagen más difundida del déficit atencional ha sido la de niños inquietos, impulsivos y con dificultades para permanecer sentados en clases. Sin embargo, esa representación ha dejado fuera a miles de mujeres que viven la condición de una manera diferente y que, en muchos casos, recién obtienen un diagnóstico cuando ya son adultas.
La evidencia científica reciente ha puesto el foco en las consecuencias de esta realidad. Diversos estudios muestran que vivir durante años sin una explicación para las dificultades de atención, organización o regulación emocional puede generar un importante impacto en la salud mental, la autoestima y la calidad de vida.
“Históricamente, los criterios diagnósticos y los marcos de observación clínica en salud mental se han construido sobre la base de la presentación masculina del déficit atencional. Como resultado, miles de mujeres y niñas han debido transitar por trayectorias vitales marcadas por la incomprensión, el agotamiento y el diagnóstico tardío” explica Andrea Mira, directora del Observatorio de Neurodivergencias de la Universidad Andrés Bello.
Condición que suele pasar inadvertida
La experta señala que la menor detección no se explica por una menor presencia de la condición, sino por diferencias en la forma en que se manifiesta. “La brecha en la detección temprana responde a múltiples factores estructurales y socioculturales. Las escalas de evaluación tradicionales priorizan las conductas externalizantes, como la hiperactividad motora disruptiva, las cuales son más frecuentes en varones. Por el contrario, las mujeres presentan predominantemente perfiles inatentos e internalizados, caracterizados por desorganización, pensamientos acelerados y un profundo esfuerzo por cumplir con las normas sociales de género», afirma.
Según Mira, estas características hacen que muchas veces las señales no sean detectadas por padres, profesores ni profesionales de la salud. “La visibilidad de las dificultades se diluye porque muchas niñas no generan una interrupción disruptiva en el aula. Pueden obtener resultados aceptables o pasar desapercibidas, aunque internamente estén realizando un enorme esfuerzo para responder a las exigencias académicas y sociales”, sostiene.
El peso del enmascaramiento
Otro de los factores que dificulta la identificación temprana es el denominado «enmascaramiento», estrategia mediante la cual muchas mujeres aprenden a compensar u ocultar sus dificultades para evitar juicios o cuestionamientos. “La literatura científica evidencia que las mujeres desarrollan complejas estrategias de enmascaramiento y compensación para ocultar sus dificultades y evitar el juicio social. Este sobreesfuerzo constante no solo retrasa la identificación clínica, sino que genera un importante desgaste emocional», explica la directora del Observatorio de Neurodivergencias UNAB.
“Frecuentemente observamos que las necesidades neurodivergentes terminan siendo interpretadas o tratadas de manera aislada como ansiedad, depresión u otros problemas de salud mental. Eso retrasa aún más el acceso a apoyos adecuados”, señala.
Señales que suelen confundirse
Los expertos advierten que muchas de las manifestaciones más habituales en niñas y adolescentes suelen ser normalizadas o atribuidas a características personales. Entre ellas destacan las dificultades para organizar tareas y gestionar el tiempo, la sensación permanente de sobrecarga mental, el agotamiento crónico, la irritabilidad, la baja tolerancia a la frustración y los sentimientos persistentes de ser diferentes a sus pares.
“Muchas veces estas señales son interpretadas erróneamente como falta de organización, sensibilidad excesiva o simples rasgos de personalidad. Sin embargo, detrás de ellas puede existir una condición que requiere comprensión y apoyo especializado”, explica Mira.
La académica añade que el impacto emocional puede comenzar desde edades tempranas. “Muchas niñas crecen sintiendo que deben esforzarse más que el resto para alcanzar los mismos resultados. Esa experiencia acumulada suele generar frustración, inseguridad y una sensación de no encajar plenamente en su entorno”, comenta.
Las investigaciones muestran que las mujeres con diagnóstico tardío presentan mayores tasas de baja autoestima, culpa internalizada, ansiedad y síntomas depresivos. Sin embargo, recibir un diagnóstico en la adultez también puede convertirse en una experiencia transformadora. “Vivir sin un marco explicativo durante la infancia y la juventud deja una huella profunda. No obstante, la llegada de un diagnóstico formal en la adultez ejerce un rol transformador y profundamente validante para muchas mujeres», afirma Mira.
Según la académica UNAB, comprender la propia neurodivergencia permite reinterpretar años de experiencias difíciles desde una perspectiva más compasiva. “Para la gran mayoría de las mujeres, entender su diagnóstico actúa como un momento de revelación. Muchas dejan de pensar que eran flojas, incapaces o defectuosas y comienzan a comprender que existe una forma distinta de procesar la información y relacionarse con el entorno. Esto facilita el acceso a redes de apoyo, fortalece la autoaceptación y permite construir una narrativa de empoderamiento”, concluye.



