Por: Annelene Heim Sbarbaro.
Directora Departamento Ciencias Básicas
Universidad Santo Tomás Viña del Mar.
A lo largo de la historia, el rol de la mujer en las ciencias ha estado marcado por la invisibilidad, la
resistencia y, finalmente, el reconocimiento progresivo. Desde figuras pioneras como Marie Curie
hasta científicas contemporáneas, las mujeres han desafiado estructuras patriarcales para abrirse
paso en laboratorios, universidades y centros de investigación. Sin embargo, su contribución ha
sido sistemáticamente subestimada o atribuida a colegas masculinos.
En Chile, esta brecha persiste, aunque con avances significativos. Cada vez más mujeres acceden a
carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), y se ha avanzado en el área de la
investigación. De acuerdo con el “Informe de Brechas de Género en Educación Superior 2024” de
la Subsecretaría de Educación Superior y la Subsecretaría de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e
Innovación (CTCI) “De 7.600 mujeres que hacían investigación en 2021 post pandemia, pasamos a
9.169 en 2022, esto es 1.500 mujeres más. Y son mujeres que lo hacen en áreas técnica y de
investigación. Las mujeres trabajando en innovación y desarrollo (I+D) que representaban un
37,7%, ahora son un 40,4% y eso es destacable…””.
No obstante, aún existen desafíos: menor representación en cargos directivos, brechas salariales y
una cultura académica que, en muchos casos, no contempla sus necesidades específicas, como la
maternidad.
Fomentar la equidad de género en la ciencia no es solo una cuestión de justicia, sino de
enriquecimiento del conocimiento. La diversidad impulsa la innovación y amplía las perspectivas
desde las que se abordan los problemas globales. En un Chile que aspira a ser un polo científico en
Latinoamérica, integrar plenamente a las mujeres en la ciencia no es opcional: es urgente y
necesario. Porque cuando una niña chilena sueña con ser científica, merece encontrar un camino
abierto, no obstáculos construidos por prejuicios del pasado.
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