La paradoja chilena de las rentas vitalicias.

Por:Jorge Sabat.

Investigador Instituto de Políticas Económicas (IPE) UNAB.
El premio Nobel de Economía Richard Thaler hizo famosa la idea de que las
personas no siempre toman decisiones como si estuvieran maximizando su
bienestar de largo plazo. Uno de los ejemplos más clásicos viene del mercado de
rentas vitalicias. En teoría, transformar los ahorros previsionales en un ingreso
asegurado de por vida debería ser muy atractivo. En la práctica, en gran parte del
mundo las personas lo evitan, incluso enfrentando el riesgo de quedarse sin
recursos a edades avanzadas. La literatura económica bautizó esta tensión como
el «annuity puzzle».
Chile, sin embargo, parece ser una excepción. Durante el primer trimestre de 2026
las ventas de rentas vitalicias alcanzaron niveles históricos (sobre 70% de los
jubilados). Pero al mismo tiempo, el monto promedio pagado bajo esta modalidad
ha caído. En 2021 superaba las 16 UF, hoy ronda las 8 UF. La caída se explica
porque la reforma previsional redujo el umbral mínimo para acceder a una renta
vitalicia desde 3 UF a 2 UF, ampliando el universo de personas elegibles.
Existe además una explicación financiera relativamente simple para el renovado
atractivo de esta modalidad. Desde 2022 las tasas de interés de largo plazo en
Chile aumentaron en medio de mayor endurecimiento monetario internacional.
Tasas más altas permiten a las aseguradoras ofrecer pagos mayores para un
mismo nivel de ahorro acumulado.
Chile es un caso interesante para entender cómo el diseño institucional afecta las
decisiones previsionales. Las personas no solo responden al monto mensual
observado, sino también a cómo están diseñadas las alternativas y las opciones
por defecto. La evidencia muestra que la alta adopción de rentas vitalicias no
refleja necesariamente una mayor «cultura financiera», sino que responde en parte
a que el sistema chileno históricamente restringió el retiro inmediato de fondos y
obligó a elegir entre mecanismos que entregan ingresos periódicos. Cuando las
personas enfrentan mayor libertad para retirar recursos (caso de otros países), la
demanda por seguros de longevidad caería significativamente.
Existe además una fuerte resistencia psicológica a entregar el ahorro acumulado a
una aseguradora a cambio de pagos futuros. Muchos perciben esta decisión como
una pérdida patrimonial, aun cuando económicamente pueda aumentar su
bienestar esperado durante la jubilación.
El caso entrega una lección más amplia sobre el rol social de los mercados
financieros. Evidencia reciente muestra que las sociedades que perciben al
sistema financiero como útil y confiable tienden a tener mayor participación

financiera, más acceso al crédito e incluso mayores tasas de crecimiento. Cuando
las personas sienten que los mercados están diseñados para protegerlas y
ayudarlas a administrar riesgos, aumenta la confianza y mejora el funcionamiento
de la economía.
Sin embargo, tampoco sería correcto concluir que la solución sería simplemente
en obligar a todos hacia la renta vitalicia. Muchas personas valoran dejar herencia
o mantener cierto riesgo financiero. El verdadero desafío es diseñar regulación y
mejores opciones por defecto que ayuden a transformar los ahorros previsionales
en seguridad financiera durante la vejez sin eliminar la capacidad de decidir.

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