Por:Manuel Reyes.
Académico Facultad de Ingeniería UNAB.
La reciente firma del entendimiento sobre minerales estratégicos entre el gobierno
de José Antonio Kast y EE. UU. no es un trámite técnico, sino una señal
geoeconómica de alto impacto. En un escenario de competencia por la hegemonía
tecnológica, Chile se formaliza dentro del friend-shoring impulsado por la Casa
Blanca, una estrategia que busca asegurar suministros críticos en manos de
aliados predecibles. Esta maniobra evidencia la dualidad estructural de nuestra
economía: China es el principal comprador, pero EE. UU. es el principal
controlador del capital y la tecnología.
En este tablero, el cobre y el litio siguen siendo los pilares, pero bajo una nueva
óptica de seguridad nacional. Chile no solo vende un commodity; provee el metal
conductor de la transición energética. Sin embargo, el litio es el que personifica la
tensión actual. Aunque el país posee las mayores reservas mundiales en sus
salares, la discusión no es solo cuánto extraemos, sino quién controla la
refinación. El acuerdo con Washington busca precisamente evitar que el
procesamiento de este «oro blanco» quede monopolizado por empresas chinas,
desplazando la captura de valor hacia el bloque occidental.
Junto a estos gigantes, emergen metales de nicho como el renio y el tungsteno. El
renio es el «metal del aire», un insumo parásito del molibdeno que Chile produce
en un 50% global y que es insustituible para las turbinas de aviación de EE. UU.
Por su parte, el tungsteno es su hermano mayor en tierra, el rey de la dureza con
un punto de fusión de 3.422 °C. Aunque Chile es hoy un gigante dormido en este
rubro, informes de 2026 ya identifican recursos por sobre los 3,2 millones de
toneladas en Atacama. Si el renio permite que los jets vuelen, el tungsteno —cuyo
precio récord ronda los US$ 200.000 por tonelada— es el escudo indispensable
para blindajes y perforación industrial.
El riesgo de este alineamiento es la pérdida de autonomía. El desplazamiento del
cable submarino transpacífico original en favor del proyecto Humboldt —bajo
tutela de Google— ejemplifica cómo las prioridades de seguridad de Washington
pueden limitar nuestras opciones tecnológicas. El desafío para el gobierno no es
solo firmar protocolos, sino evitar que Chile sea un mero enclave extractivo. Sin
una estrategia que priorice el procesamiento local, el país corre el riesgo de
vender masivamente a China mientras depende patrimonial y estratégicamente de
Estados Unidos, cediendo el control sobre los activos que generan su verdadera
riqueza.
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