Por: Omar Salinas Silva – Director de Ingeniería Civil Informática Advance UNAB
El 15 de octubre, cerca de Waco, Texas, un auto voló. Un Roadster de Tesla subió
invertido por una rampa, se despegó del suelo, giró en el aire y aterrizó sobre sus
ruedas. Por décadas, el auto volador vivió en la ciencia ficción. Ahora tiene video.
Hay que reconocerlo sin reservas: es una hazaña de ingeniería. La versión Rocket
usa diez propulsores de gas frío alimentados por unos 600 litros de aire
comprimido, el mismo principio con que las naves espaciales corrigen su
orientación en órbita. Llevar eso a un vehículo terrestre y coordinarlo al
milisegundo no es un truco. Es mérito.
Justamente porque el vuelo ocurrió, conviene preguntarse qué demostró. La
NASA mide la madurez de una tecnología en nueve niveles, desde la idea hasta la
operación real sostenida. Un vuelo de segundos, en un recinto cerrado, con un
robot al volante y en un monoplaza que no puede circular por vías públicas, está
lejos del último.
Un medio de transporte no se juzga por su mejor minuto, sino por su peor día.
Debe funcionar con lluvia, con un sensor que falla y con un conductor cansado.
Debe certificarse, regularse y contar con infraestructura. Y debe responder lo que
ninguna demostración contesta: ¿qué problema resuelve y para quién? Una
versión con propulsores cuya reserva cuesta 250 mil dólares es, por ahora, un
privilegio y no una política de movilidad.
Hay un segundo aprendizaje, quizás el más importante. Tesla mostró un auto que
vuela, pero buena parte del público entendió que había llegado el auto volador.
Ese salto no lo dio la máquina, sino nuestra imaginación. Las demostraciones no
solo exhiben capacidades, también instalan relatos. Ya lo vivimos con los
asistentes de IA, que deslumbraron en el escenario mucho antes de que
supiéramos dónde fallaban.
Nada de esto justifica el cinismo. Hay demostraciones que cambiaron el mundo y
otras que nunca salieron del escenario. Las separa el trabajo silencioso que viene
después: probar, fallar, corregir y certificar.
Por eso, ante la próxima demostración espectacular, conviene llevar tres
preguntas en el bolsillo. ¿Qué se demostró y en qué condiciones? ¿Qué falta para
que funcione fuera del escenario? ¿Qué problema real resuelve y a quién
beneficia? No buscan apagar el entusiasmo, sino convertirlo en criterio.
Tesla ya hizo volar un auto. Fue la parte espectacular y, aunque cueste creerlo, la
parte fácil. Lo difícil empieza ahora: convertir unos segundos en el aire en un
transporte seguro, útil y responsable. El asombro se conquista en segundos. La
confianza, en años.
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