Por: Felipe Vergara Maldonado.
Director de postgrados de la Facultad de Economía y Negocios UNAB.
En la historia económica reciente de Chile, el pragmatismo exterior ha garantizado la estabilidad del país. Con varios tratados de libre comercio que cubre más del 80% del PIB global, Chile consolidó su prosperidad proyectándose como una plataforma neutral e integrada al mundo; sin embargo, la posibilidad de adherir al Escudo de las Américas, iniciativa promovida bajo un alineamiento estratégico, de seguridad regional e integración de cadenas de suministro, abre un complejo flanco de vulnerabilidades económicas que pone en riesgo los pilares estructurales de nuestro desarrollo.
El principal foco de tensión radica en la fricción geopolítica directa con nuestros socios comerciales; China representa más del 35% de las exportaciones chilenas y es el destino predilecto del cobre, el litio, la cereza y la celulosa nacional. En la vereda opuesta, Estados Unidos se mantiene como un inversionista clave en tecnología y finanzas, y un socio indispensable para la sofisticación económica. Sumarse a una iniciativa de naturaleza marcadamente unilateral y con implicancias defensivas u restrictivas puede ser interpretado como una toma de posición hemisférica.
Hoy las represalias comerciales ya no se manifiestan solo en aranceles explícitos, sino en barreras fitosanitarias, trabas burocráticas o desaceleración de flujos de capital, por eso arriesgar el dinamismo de la libertad de mercado que nos caracteriza, por un compromiso de seguridad continental de alta volatilidad es complejo. Por lo mismo, cuando se plantea una revisión y control de la inversiones, explorando mecanismos para filtrar y supervisar los flujos de capital extranjero, surgen preocupaciones legítimas sobre el alcance del Shield of the Americas.
Este alineamiento compromete también la autonomía estratégica que es un valor inestimable. Tradicionalmente, la diplomacia económica chilena ha permitido negociar desde nuestra soberanía, privilegiando el interés nacional sin subordinar sectores clave a doctrinas geopolíticas externas. La integración en esquemas hemisféricos cerrados introduce mecanismos de revisión y control de inversiones extranjeros, orientados a filtrar y supervisar los flujos de capital para prevenir el ingreso de recursos del crimen organizado y asegurar la transparencia. Si bien estos filtros son indispensables para la seguridad nacional, un sesgo geopolítico en su aplicación arriesga transformarlos en barreras discrecionales que desincentiven la inversión extranjera directa (IED) diversificada.
A esto se suma la presión sobre las cadenas de suministro de minerales críticos, el Escudo promueve la diversificación y “protección” de estos recursos estratégicos; para Chile, primer productor mundial de cobre y actor decisivo en litio, esto deriva en complejas presiones geopolíticas para restringir la entrada de capitales orientales en la extracción y procesamiento local. Aceptar condicionalidades que limiten a nuestro principal comprador e inversionista minero compromete los ingresos fiscales y la capacidad del país para captar tecnología de punta en la agregación de valor.
El impacto sobre una infraestructura digital segura profundiza esta paradoja. Las exigencias de adoptar regulaciones con “proveedores de confianza” para telecomunicaciones, cableado submarino y centros de datos excluyen de facto a gigantes tecnológicos asiáticos. Aunque la ciberseguridad es una prioridad legítima, la eventual marginación de competidores clave limita las opciones licitatorias, encarece el despliegue tecnológico y frena la transformación digital de las empresas locales al reducir la competencia en el mercado.
Finalmente, estos factores inciden de manera directa sobre la apertura de mercado. Si la integración regional responde a una lógica de bloques afines ideológicamente (friendshoring), Chile contraviene la esencia misma de su modelo que es un multilateralismo abierto, predecible y neutral. Afrontar las dinámicas de seguridad regional es indispensable, pero el costo económico no puede ser ceder en la arquitectura diplomática que sustenta nuestro desarrollo. Preservar la autonomía, proteger la neutralidad minera y tecnológica, y mantener la casa abierta a todas las inversiones legítimas del mundo son exigencias infranqueables. Un escudo que intente proteger la seguridad, pero vulnere la inserción económica internacional, resultará ser una armadura demasiado pesada para el crecimiento de Chile.
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