Ya es suficiente. No necesitamos más víctimas viales para reconocer el riesgo.

Claudia Rodríguez T.

Directora y fundadora de No Chat
Presidenta Cosoc Subtrans.

En pocas semanas conocimos una sucesión intolerable de conductas al volante. En Chiguayante, Lucas Marcelo Estrada Casanovafue formalizado por conducir bajo la influencia del alcohol y las drogas y causar la muerte de un peatón. Ivette Vergara fue formalizada tras circular a 161 kilómetros por hora por Costanera Norte. Naya Fácil alcanzó los 211 kilómetros por hora en Acceso Sur y difundió el registro en sus redes sociales. En Providencia, la cineasta Paz Ramírez murió atropellada por un vehículo cuyo conductor huyó sin prestarle auxilio. Ignacio Palma Weinfeld fue detenido por su presunta responsabilidad en el hecho. Algunos casos terminaron con una vida; otros no. Ninguno puede reducirse a una imprudencia menor.

Persiste una idea moralmente inaceptable: que una conducta solo adquiere gravedad cuando deja una persona muerta. Ivette Vergara la expresó con una frase inequívoca: “No he matado a nadie, no he atropellado a nadie”. No haber matado a alguien no constituye una defensa. Significa únicamente que, esta vez, nadie murió. Circular a 161 kilómetros por hora en una vía cuya máxima es de 100 no se vuelve menos peligroso porque no hubo una víctima. Fue formalizada por un delito, no por una simple infracción.

El caso de Naya Fácil resulta aún más grave por su reiteración y su desprecio ante las advertencias. En abril reconoció que manipulaba el teléfono mientras conducía, afirmó que continuaría y sostuvo que todo podía resolverse con abogados y dinero. Meses después alcanzó los 211 kilómetros por hora, entre risas de quienes la acompañaban. Solo cuando la Fiscalía abrió una investigación ofreció disculpas. Eso no es irreverencia ni una imperfección personal. Es convertir una conducta capaz de matar en espectáculo para millones de seguidores y presentar la ley como un costo para quienes tienen recursos.

En Chiguayante, la amenaza dejó de ser hipotética. Según la Fiscalía, Lucas Marcelo Estrada Casanova manejaba bajo la influencia del alcohol y la marihuana, manipulaba su celular y no advirtió a un peatón de 56 años que cruzaba por un paso habilitado. Después del impacto, las cámaras registraron su reacción: “Lo maté, me fui en cana”. El horror no comenzó en ese instante, sino con cada decisión anterior. Beber, consumir drogas, tomar el teléfono y conducir forman una cadena de riesgos que alguien decidió imponerles a los demás.

La muerte de Paz Ramírez vuelve obsceno cualquier intento de relativizar estas conductas. Paz tenía 39 años, era cineasta y regresó por su perro antes de que un vehículo que circulaba a gran velocidad la impactara. El conductor siguió su marcha y la dejó herida en la calle. Tres días después, Ignacio Palma Weinfeld fue detenido por su presunta responsabilidad. Paz no es una cifra ni la demostración tardía de que el peligro era real. Era una persona con una vida, una familia, afectos y proyectos. Ninguna condena, disculpa o compensación puede reparar su ausencia.

Las figuras públicas no están sometidas a otra ley, pero sí cargan una responsabilidad social mayor. Sus acciones alcanzan audiencias masivas y pueden hacer que lo temerario parezca divertido o admisible. La fama no transforma un delito en una polémica, la popularidad no convierte la irresponsabilidad en contenido y el dinero no devuelve una vida. Desde ONG No Chat decimos basta. Basta de celebrar la velocidad, de grabarse al volante, de presentar las sanciones como un trámite y de pedir perdón solo cuando intervienen los tribunales. No necesitamos más víctimas para reconocer que estas conductas pueden matar. En el tránsito no existen segundas tomas: cuando una vida termina, no hay abogado, dinero ni audiencia capaz de recuperarla.

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