Cada agosto, la Semana Mundial de la Lactancia Materna recuerda que la leche materna es el mejor alimento para un recién nacido. Pero rara vez preguntamos quién cuida a la mujer que amamanta.
La promoción suele centrarse en el bebé y repite que la lactancia es el estándar de oro. Detrás de cada proceso hay una mujer que atraviesa un embarazo, un parto y una etapa de fuerte transformación física y emocional.
El desafío ya no es convencerla de que la lactancia importa. Ella ya lo sabe. El desafío es crear las condiciones para que pueda lograrlo.
En las primeras semanas el cuerpo se recupera del parto, el sueño se fragmenta y la rutina gira en torno a un recién nacido que depende por completo de su madre. Se suma una incertidumbre silenciosa: ¿estará tomando suficiente leche? La lactancia no permite ver cuánto recibió el bebé, y esa incertidumbre crece con mensajes contradictorios o comparaciones.
Hablar de estas dificultades no cuestiona la lactancia. Reconoce que es valiosa y demandante, y que nunca debería recaer solo en la madre.
La pareja puede proteger los tiempos de extracción, asumir tareas domésticas y contener emocionalmente. La familia puede cambiar los consejos no pedidos por ayuda concreta. El equipo de salud debe acompañar sin juzgar, pues una revisión Cochrane de 2022 muestra que la lactancia se sostiene mejor con apoyo oportuno.
Cambiemos la pregunta. En vez de qué debe hacer la madre, preguntémonos qué podemos hacer nosotros. Promover la lactancia también es cuidar a quien amamanta.



