¿Por qué Chile evalúa un nuevo cable hacia Asia?

Por: Mailyn Calderón .

Directora Magíster en Gestión TI y Telecomunicaciones e
investigadora ITiSB UNAB.
Chile aparece con frecuencia en rankings internacionales como uno de los países
con internet fijo más rápido del mundo. Sin embargo, esa velocidad doméstica no
refleja necesariamente cómo nos conectamos con otros continentes: gran parte
del tráfico de América Latina hacia Asia viaja primero hacia Estados Unidos y
desde allí se redistribuye. En otras palabras, seguimos dependiendo de hubs
digitales externos. Aquí radica la importancia estratégica de proyectos como el
cable Humboldt, que busca conectar Sudamérica con Asia a través de Australia
(cuya entrada en operación se proyecta hacia 2026–2027), y de iniciativas
alternativas como el denominado cable Chile–China Express, que propone una
conexión directa con Hong Kong.
Más allá de aumentar la capacidad de transmisión, estas infraestructuras permiten
reducir la latencia, es decir, el tiempo que tarda la información en viajar entre dos
puntos. Incluso milisegundos pueden ser relevantes para sectores como la
computación en la nube, la inteligencia artificial o los servicios financieros digitales.
Además, en el diseño de redes globales, la redundancia (es decir, contar con rutas
alternativas, similar a tener varios puentes para cruzar un río) es esencial. Los
cables submarinos pueden fallar por anclas de barcos, pesca de arrastre o
eventos geológicos. Por eso, los principales hubs digitales del mundo (como
Estados Unidos, Japón o Singapur) cuentan con múltiples rutas de conexión. Más
cables no solo significa mayor capacidad, sino también mayor resiliencia y menor
dependencia de una sola infraestructura.
En este contexto aparece también una dimensión geopolítica. Gran parte del
tráfico de datos global históricamente ha pasado por infraestructura ubicada o
gestionada desde Estados Unidos o Europa. Cuando surgen nuevas rutas directas
(por ejemplo, entre América Latina y Asia) cambia el mapa por donde circula la
información del mundo. Esto ha generado cierta preocupación en Estados Unidos,
que teme perder influencia sobre parte de esas rutas digitales, especialmente
cuando en los proyectos participan empresas vinculadas al ecosistema
tecnológico chino. Para entenderlo de forma simple: así como en el pasado el
control de rutas marítimas era clave para el comercio internacional, hoy las rutas
por donde viajan los datos también tienen valor estratégico. No se trata
necesariamente de quién “posee” la información, sino de quién construye, opera o
participa en la infraestructura por la que circula gran parte de la economía digital
global.

Para Chile, fortalecer su conectividad con Asia no es simplemente mejorar la
velocidad de internet. Es una oportunidad para posicionarse como puerta digital
del Pacífico Sur, atraer centros de datos, reducir dependencias tecnológicas y
participar con mayor protagonismo en la geografía digital del siglo XXI. Para un
país que aspira a posicionarse como hub digital del Pacífico Sur, la conectividad
internacional debe ser tratada como infraestructura estratégica de largo plazo. Ello
exige una visión de Estado capaz de evaluar con criterios técnicos, económicos y
de resiliencia digital las distintas alternativas disponibles.
Porque, en el fondo, cablear un océano no es solo tender fibra óptica bajo el agua
para mejorar la velocidad. Es conectar un país con el futuro de la economía digital.

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