
La conformación geológica del valle atiende a procesos de acumulación de cientos de
miles de años, donde el agua y los vientos horadaron rocas y sedimentaron piedras y
barro, conformando estas ricas planicies de relleno que van de los cinco a los cien metros
de profundidad. Bajo ellas, una espesa, abigarrada y joven masa rocosa, se expresa y
pugna por levantarse desde el mar a la cordillera.
Más allá de la gran cantidad de relleno acumulado de tierras y piedras que dan origen al
valle, éste no pudo cubrir todas las cumbres de las estribaciones cordilleranas. Quedaron
no pocas cumbres, unas más altas que otras, que hoy vemos como cerros aislados, que sin
embargo, están conectados, bajo tierra, entre sí y con el tronco maestro andino.
Son Cerros Islas, una serie de cumbres de baja y mediana altura que se diseminan por el
Valle, sobre todo en el área más oriental, al norte y al sur del río Aconcagua. El cerro de la
Virgen, en Los Andes; el cerro San Francisco, de Curimón y, el Yevidem (Almendral), en San
Felipe. El Paidahuén y el Ají, en San Esteban; Las Herrera, en Santa María; el cerro
Patagual, Pocuro y la pequeña loma de El Castillo, en Calle Larga, son algunas de estas
cumbres aisladas que caracterizan a Aconcagua, sobre todo respecto de otros valles, que
no poseen esta cantidad de formaciones.
La suave pendiente del valle hace que se alcen como hitos de la geografía de la planicie,
configurando una espacialidad particular, que acompaña a los seres humanos desde
antiguo. En efecto, los primeros habitantes de Aconcagua vieron en estos cerros una
forma de organizar el territorio, puesto que les permitió guiarse en recorridos e identificar
áreas y lugares: el cerro del costado sur del río, el cerro cercano a la rinconada, aquél que
se ve luego de traspasar el valle. Estos cerros organizaron la geografía social de las
poblaciones prehispánicas y es por ello que los semantizaron, les inscribieron sentidos y
signos a través de petroglifos, como los del Patagual y el Paidahuén, pero quizás otro tipo
de simbologías y acciones (humos, fogatas, celebraciones) cuya materialidad es imposible
rastrear o apreciar por nosotros hoy en día.
Esa misma condición icónico-territorial del cerro isla, los hizo referenciales en la
conformación del trazado de la red hidrológica prehispánica, como también del
emplazamiento de las mercedes de tierra y asentamientos, cuando sobrevino la conquista
y la colonización humana y espacial de América y el Valle. Los españoles también usaron a
estos cerros como mojones y demarcatorios, apareciendo como hitos en los deslindes de
propiedades y en los primeros planos coloniales.
A su vez, en sus costados aparecieron más acequias, callejones, servidumbres de paso y
algunas viviendas, que comenzaron a describir circunvalaciones viales que fueron
imprimiéndole un sello particular a la forma que adquiría las divisiones territoriales.
Pero, junto a ello, estos Cerros Islas siguen siendo reservorios de la flora y la fauna nativa.
Desde guayacanes a hierbas y flores, espinos y matorrales, desde zorros, aves y réptiles.
Aún hoy, estas cumbres en plena planicie, hacen posible que vivan y encuentren refugio
poblaciones de flora y fauna nativa, sobre todo aves que las usan como miradores y áreas
de protección.
Las ciudades se expanden hacia estos cerros pero, por su extensión y masa, siguen
representando nodos de naturaleza, aunque con grandes niveles de antropización. Varios
de estos cerros, en sus faldeos, han recibido a poblaciones pobres que en virtud de
sucesivas tomas de terreno, desde los años 70 y 80, construyeron verdaderas poblaciones,
que no pocas veces han afectado al patrimonio natural (sobre todo flora por explotación y
pérdida) y al patrimonio cultural (destrucción y daño de petroglifos).
Con todo ello, más allá de estas poblaciones informales que han crecido y siguen
creciendo en ciertos sectores, los Cerros Islas representan un tremendo patrimonio
territorial del Valle. Son hitos geográficos que organizan y modelan el espacio, orientando
flujos y tramas viales e hidrológicas. Se implantan a su vez, como áreas naturales de alto
valor, sobre todo, respecto de continuos procesos de expansión urbana en el Valle. Son
miradores privilegiados para contemplar, observar, fotografiar, medir, pintar, conocer y
estudiar la geografía y la sociedad, la cultura y sus paisajes.
Es en este sentido que nuestros cerros islas pueden considerarse aún subutilizados como
recursos del territorio, posibles de articular en diversas acciones y programas, desde los
turísticos a los educativos, desde la reforestación a la instalación de equipamientos
públicos (zoológicos, centros de interpretación, áreas deportivas). Debemos apropiarlos
como espacios sociales y culturales, que bien protegidos y con una adecuada señalética e
infografía interpretativa, pueden convertirse en núcleos de expansión de la vida social,
atractores patrimoniales de un turismo de intereses especiales y fuentes para la
comprensión de la historia y la cultura regional.



